ESCALAS MUSICALES

Es un gran placer para mí, más como mexicano que como músico, decir que gracias a mi revolución del Sonido 13 México coopera al progreso musical con recursos técnicos que nadie sospechaba hasta hoy.

Tal es el caso de las escalas musicales. Fue en China, hace cuarenta y seis siglos, donde se conoció la primera escala musical, formada por los únicos cinco sonidos existentes en aquella época, y que corresponden a nuestras notas Do, Re, Fa, Sol, La, y tuvieron que pasar veinte siglos más antes de que la humanidad conquistara otro sonido; fenómeno que se produjo en el país más glorioso de la antigüedad: Grecia, el cual tuvo el privilegio de producir simultáneamente el grupo extraordinario de genios como Sócrates, Sófocles, Eurípides, Fidias, Esquilo, Pitágoras y otros: entre ese ramillete de hombres maravillosos surgió Terpandro, el músico insigne, que al agregar dos cuerdas a su lira produjo los sonidos sexto y séptimo, Mi y Si, con los cuales se formó, al encadenarlos por grados conjuntos, la escala diatónica mayor con los semitonos entre las notas Mi-Fa, Si-Do.

Fue aquello un acontecimiento inusitado, pues esa escala diatónica mayor, que se conserva aún después de dos mil seiscientos años, ha alimentado desde entonces el alma de las multitudes.

Diez siglos más tarde, o sea, 400 años después de Cristo, el papa San Ambrosio tuvo la idea extraordinaria de que se podían formar escalas diferentes con los siete grados de la diatónica. Así lo hizo y logró con ello cuatro nuevas escalas que figuran en los modos de la Iglesia. Dos siglos después, o sea en el siglo VI de la era cristiana, otro papa, San Gregorio, agregó tres modos más a los ambrosianos, basándose siempre en los sonidos de la escala diatónica.

Diecisiete siglos después de Terpandro, la humanidad conquistó el Si bemol, lo cual ocurrió en Roma en el año 1100 de nuestra era, y fueron ya ocho los sonidos diferentes que había en la música.

En el siglo XVI, los matemáticos dividieron teóricamente el intervalo llamado octava en doce partes musicalmente iguales, o sean los llamados semitonos, basándose en la raíz dozava de dos = 1.059; pero aquel hallazgo matemático no tuvo vida musical hasta que Juan Sebastián Bach, quien naciera en 1685, lo llevó a la práctica en 1722, al hacer escalas diatónicas sobre cada uno de los doce grados de la escala cromática en su maravillosa obra el Clavicordio bien temperado.

Así siguió el mundo encerrado en los doce sonidos hasta que México en 1895, logró con el experimento del 13 de julio romper ese ciclo aumentándolos hasta noventa y seis, lo que fue inaudito y que casi justifica que nadie lo creyera cuando lo anuncié.

Hacia 1925, el Menestrel, de la ciudad de París, publicó la noticia de que un músico italiano había inventado una escala, diciendo enseguida que daban a la publicidad el hecho únicamente por que su corresponsal era persona sumamente responsable, pero que se daban cuenta de que inventar una escala era problema complicadísimo.

Al saberlo dirigí una carta a dicha revista, misma que fue publicada en la edición bilingüe de El Sonido 13 en Nueva York el año de 1926, y en la cual decía que estaba en la posibilidad de demostrar no sólo una nueva escala, sino cientos y miles de ellas como resultante de los sonidos conquistados por México en 1895.

Aquella carta quedó sin contestación, lo que es obviamente explicable, ya que, si les causaba asombro la invención de una nueva escala, menos podrían creer en la posibilidad de miles de ellas.

Ya desde 1924, cuando se produjo la polémica más trascendental que ha habido en mi país en materia musical, la del Sonido 13, dije al entonces rector de la Universidad Nacional, doctor Alfonso Pruneda, que tenía en mis manos los elementos para dar una escala propia a cada uno de los compositores existentes en el mundo. Aquella declaración mía, no sólo se tomó como una locura, sino que produjo risas y burlas; y es hasta hoy, por fin, después de treinta y siete años, que conocerá el mundo una composición mía que está causando admiración en esta gran ciudad de París y que está basada en una nueva escala de sólo seis sonidos Do, Re bemol, Mi natural, Fa sostenido, Sol y Si bemol, más los acordes que de ellos resultan.

Debo decir que tengo publicado un libro titulado « El infinito en las escalas y los acordes », en ese libro pongo a la disposición de todos los músicos del mundo, con las explicaciones técnicas respectivas para su empleo, once escalas de dos sonidos, cincuenta y cinco de tres, ciento setenta y cinco de cuatro, trescientos treinta de cinco, cuatrocientos sesenta y dos de seis, cuatrocientos sesenta y dos de siete, trescientos treinta de ocho, ciento sesenta y cinco de nueve, cincuenta y cinco de diez, once de nueve y una de doce.

Esto tomando las escalas únicamente en su posición fundamental, pues al aplicárseles el procedimiento ambrosiano se llega a un número extraordinario y ello sin ir más allá de los doce sonidos, pues al emplear para formarlas los tercios de tono, cuartos, quintos, hasta los dieciseisavos, se llega en verdad al infinito.

Julián Carrillo (Mayo de 1961).